Quemchi es un lugar donde el mar, la tierra y la memoria parecen haberse puesto de acuerdo para contar una historia que nunca se termina. Situada en el noreste de la Isla Grande de Chiloé, es cuna de mitos, leyendas y personajes que han llevado su nombre más allá de sus costas. Francisco Coloane, su hijo más ilustre, la bautizó como la comuna de los mil paisajes, y es que aquí el horizonte cambia con cada curva del camino, con cada marea y con cada historia que el visitante se detenga a escuchar.

Visitar Quemchi es recorrer un territorio donde lo cotidiano se mezcla con lo legendario. Pescadores que hablan de barcos fantasmas, abuelas que conocen cada remedio que da el monte, y fiestas comunitarias que parecen suspendidas en el tiempo.

Historia, de los bosques a la bahía

Antes de ser puerto, Quemchi fue bosque. Bosques espesos, húmedos, llenos de vida, habitados por los chonos —navegantes incansables— y por los huilliches, agricultores y pescadores. Ellos fueron los primeros en conocer sus bahías y canales, en recolectar mariscos y leer las mareas como quien lee un libro abierto.

En el siglo XVIII, los misioneros jesuitas llegaron para organizar la vida comunitaria. Levantaron capillas que se convirtieron en centros de encuentro y dieron origen a poblados como Lliuco, Quicaví, Colo y Choen.

El gran cambio llegó en la segunda mitad del siglo XIX, cuando Edwin H. Langdon, comerciante inglés, instaló en Choen un aserradero, pulpería y muelle. Poco después, trasladó todo a Quemchi, atraído por su bahía protegida. La industria maderera atrajo familias huilliches y europeos que, juntos, dieron forma al carácter diverso del lugar.

En las primeras décadas del siglo XX, Quemchi contaba con escuela, Registro Civil, bomberos, posta de salud y electricidad. También sufrió reveses: el incendio de 1934 que arrasó con el centro, y el terremoto y maremoto de 1960 que destruyó palafitos y golpeó la economía. Pero Quemchi siempre volvió a levantarse, gracias al espíritu de comunidad, las mingas y el trabajo compartido.

Francisco Coloane, el navegante de las palabras

Si Quemchi es conocido como la comuna de los mil paisajes, es en gran parte gracias a Francisco Coloane (1910-2002). Nacido en Huite, en una casa sobre el agua, Coloane creció escuchando historias de marineros, viendo partir a los pescadores al amanecer y acompañando a su padre comerciante por los campos de Chiloé.

Esos paisajes y vivencias marcaron su obra. Novelas y cuentos como El último grumete de la Baquedano, Cabo de Hornos, Tierra del Fuego o El guanaco blanco retratan la vida de hombres y mujeres en entornos extremos, entre la dureza y la poesía de los mares australes.

Ganador del Premio Nacional de Literatura en 1964, Coloane llevó el nombre de Quemchi a todo el mundo. En Francia fue condecorado y sus obras fueron traducidas a varios idiomas. Pero nunca olvidó su tierra. Volvía siempre que podía y fue quien, en entrevistas, popularizó el apelativo de “comuna de los mil paisajes”.

Hoy, su legado vive en la Casa Museo Francisco Coloane, trasladada mediante una minga por mar, y en la Biblioteca Pública que lleva su nombre. Desde aquí zarpa la “bibliolancha” que lleva libros y actividades culturales a las islas Chauques, un gesto que refleja perfectamente el espíritu de comunidad que Coloane tanto admiraba.

Isla Aucar, la isla de las almas navegantes

A solo 2 km al sur de Quemchi, la Isla Aucar es uno de los lugares más poéticos y cargados de simbolismo de Chiloé. Conectada al continente por una pasarela de madera de 437 metros, parece invitar al visitante a un viaje no solo físico, sino también espiritual.

Francisco Coloane la llamó “la isla de las almas navegantes”. En su cima, un cementerio antiguo guarda a quienes, según la tradición, llegaban en bote para ser enterrados aquí. Entre sus cruces blancas y jardines cuidados se respira paz. Una pequeña capilla, imágenes vestidas y árboles centenarios completan la escena.

El recorrido por la isla es circular, bordeado por arrayanes y vistas panorámicas al mar interior. Las mareas y el silencio le otorgan una atmósfera mística. Es un lugar para caminar despacio, dejar que el viento cuente su historia y quizás, si la marea lo permite, observar a los cisnes de cuello negro que habitan sus humedales.

Quicaví y la Recta Provincia

Quicaví, a unos 30 km de Quemchi, es famoso por algo que mezcla mito y temor, ser la sede de la Recta Provincia, la organización de brujos de Chiloé. La leyenda cuenta que en la Cueva de Quicaví, oculta en algún punto de la costa o el bosque, los brujos guardan el Libro de la Magia, el macuñ que les permite volar y otros objetos de poder. El Invunche, criatura deformada desde niño, sería su guardián.

Más allá de la leyenda, Quicaví es un pueblo real, con su iglesia, caleta y gente hospitalaria. Las playas cercanas, solitarias y abiertas al mar interior, invitan a pasear al atardecer, momento en el que las sombras parecen alargar las historias que circulan de generación en generación.

En verano, la Fiesta Costumbrista del Brujo reúne gastronomía, música y teatro popular que revive los mitos de Chiloé. Es la oportunidad de escuchar de labios de los mayores esas historias que, en esta tierra, nunca se cuentan igual dos veces.

Iglesia San Antonio de Colo. Patrimonio y memoria viva

En una colina aislada, rodeada de prados y con el estuario a sus espaldas, se levanta la Iglesia San Antonio de Colo. Es la más pequeña de las declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en Chiloé. Su sencillez y rusticidad la hacen única.

Construida con maderas locales y asentada sobre roca, es hermana en diseño de la iglesia de Quicaví, aunque más reducida. Junto a ella, un cementerio y, bajando por un sendero, una cueva natural que, según se dice, fue lugar de reunión de brujos.

Pero la iglesia de Colo no es solo un edificio patrimonial. Aquí ejerció, durante 12 años, el sacerdote Mariano Puga, el “cura obrero”, recordado en todo Chile por su defensa de los derechos humanos durante la dictadura. Vivió con una familia local, celebró misas que atraían gente de todo el archipiélago y se le veía recorrer las islas cercanas, acordeón en mano, empapado por la lluvia. Tras su muerte, sus cenizas fueron esparcidas aquí, como último gesto de amor por esta tierra.

Islas Chauques, un viaje a otro tiempo

Al oriente de Quemchi se extiende el archipiélago de las Chauques, un conjunto de islas donde la vida sigue el ritmo del mar y la electricidad no llega a todos lados. Mechuque, Añihué, Voigue y Cheniao son algunas de las más conocidas.

Mechuque es llamada la “Venecia chilota” por sus canales interiores y palafitos sobre el agua. Tiene un mirador con vistas panorámicas, un pequeño museo comunitario y calles donde las conversaciones se dan de puerta a puerta.

Añihué, más remota, es un paraíso para quienes buscan naturaleza intacta: fiordos, playas desiertas, bosques nativos y aguas tranquilas ideales para el kayak o la pesca artesanal.

Llegar a las Chauques es una experiencia en sí misma: navegar entre islas, ver toninas siguiendo la proa y sentir cómo la brisa salada anuncia que estás entrando a un mundo donde el tiempo se mide en mareas, no en relojes.

Otros atractivos imperdibles

  • Paseo Costanero de Quemchi: bordeando la bahía, con mercado de artesanías, muelles de pesca y vistas a la isla Caucahué.

  • Isla Caucahué: a minutos en bote, con senderos, playas y abundante avifauna.

  • Museo Francisco Coloane: junto a la plaza, para conocer la vida y obra del escritor.

  • Ferias y cocinerías: donde probar curanto, caldillo de mariscos y repostería chilota.

Quemchi, donde la historia se cuenta al oído

Quemchi es un lugar para llegar sin prisa, dispuesto a escuchar. Aquí, los paisajes se disfrutan tanto como las conversaciones junto a un fogón. El visitante se lleva en la memoria no solo imágenes, sino voces, sabores y leyendas que, una vez escuchadas, lo acompañarán siempre.