El archipiélago de Chiloé, en el sur de Chile, es un territorio impregnado de una rica mitología y tradiciones ancestrales, donde lo sobrenatural y lo cotidiano se entrelazan de manera única.
En el corazón de estas creencias se encuentra la figura del «Brujo Chilote» y una organización secreta conocida como «La Recta Provincia», también denominada «La Mayoría» o el «Tribunal de la Raza Indígena». Esta compleja entidad no era una simple agrupación de hechiceros, sino un verdadero «gobierno paralelo» o «estado ocultista» que operó en la isla durante gran parte del siglo XIX, impartiendo justicia y ofreciendo una forma de protección a sus miembros.
El momento culminante de su historia fue el célebre juicio de 1880 en Ancud, un evento que no solo intentó desarticular la organización, sino que también expuso las profundas tensiones entre el naciente Estado chileno y las arraigadas tradiciones indígenas del archipiélago.
Orígenes y Sincretismo Cultural de la Brujería Chilota
La brujería en Chiloé tiene raíces profundas que se remontan a la época de la Colonia Española. Con la llegada de los españoles, los pueblos originarios de la isla, como los chonos, cuncos y huilliches, adoptaron el catolicismo, pero no abandonaron por completo sus propios ritos y conocimientos.
Aquellos que poseían saberes sobre el uso de plantas, ya sea con fines medicinales o como veneno, los mantenían en secreto para evitar ser acusados de brujería. Con el tiempo, estos conocimientos se fusionaron con las creencias europeas sobre brujas y la figura del Diablo, creando un «fascinante sincretismo» donde lo sobrenatural convivía con el día a día.
El origen mitológico de la Recta Provincia se sitúa a finales del siglo XVIII, específicamente en 1786. La leyenda cuenta que el piloto y cartógrafo español José Manuel de Moraleda llegó a Chiloé y desafió a la machi Chillpilla de Quetalco en una competencia de magia.
Chillpilla ganó al supuestamente «dejar el barco del español en seco», y Moraleda, en reconocimiento a su poder, le obsequió un libro de magia, conocido como el «Libro de arte», el «Levisterio» o «Revisorio». Este libro, junto con los conocimientos indígenas, se convirtió en la base para la formación de esta sociedad secreta de brujos de Chiloé.
Es importante señalar que los propios registros de Moraleda no mencionan este encuentro con Chillpilla, aunque sí su interés en contactar con machis, lo que subraya la dimensión mitológica del relato.
La Recta Provincia. Una Organización Paralela y su Estructura
La Recta Provincia era mucho más que un conjunto de hechiceros; era una «compleja organización administrativa mágica, un estado ocultista paralelo al estado chileno» que operó en la isla durante casi un siglo.
Nació como un organismo de resistencia indígena frente a los abusos del colonialismo y la invasión, buscando protegerse y defenderse mediante la magia y la palabra, en lugar de las armas. Algunos la describen incluso como una «mafia siciliana» debido a su estructura y a la forma en que ofrecía «protección» a cambio de cobros, y donde la corrupción y la decadencia interna se hicieron evidentes con el tiempo.
Su estructura era notablemente sofisticada y jerárquica, asemejándose a un «partido político en clandestinidad». Contaba con un consejo gobernante conocido como «La Mayoría», liderado por un «rey» (o «reyes» y «presidentes»). La organización incluía una variedad de cargos y funcionarios, como virreyes, escribanos, alcaldes, reparadores, investigadores, brujos comunes, curanderos, machis y guardianes (porteros de la cueva).
La Recta Provincia dividía el archipiélago de Chiloé en «siete Distritos o Repúblicas con nombres en clave», tomados de lugares de España y sus colonias, para mantener su operación secreta. Ejemplos de estas denominaciones incluyen «Buenos Aires» (Achao), «España» (Queilen), «Lima» (Quicaví), «Perú» (Caucahué), «Salamanca» (Rauco), «Santiago» (Tenaún) y «Villarrica» (Dalcahue). Esta división territorial regulaba a los brujos de cada zona y servía como tribunal para denuncias y conflictos.
La sede principal del Rey, o «Casa Grande», se ubicaba en la Cueva de Quicaví, en los alrededores de Quicaví. Según la tradición y declaraciones del proceso judicial de 1880, la Cueva de Quicaví era una casa secreta subterránea, vigilada por un ser deforme conocido como el Invunche, y a la que se accedía por una entrada oculta con una llave de alquimia. En su interior se guardaban el «Libro de arte» (el Levisterio/Revisorio) y el «Chayanco», una herramienta usada para vigilar a todos los miembros de la comunidad.
Impartición de Justicia y Prácticas Internas
La Recta Provincia funcionaba como un sistema de justicia paralelo. La población local acudía a ellos para resolver diversas «demandas», desde robos y engaños hasta pleitos entre vecinos, venganzas por muertes (mágicas o mundanas) y la identificación de responsables de enfermedades.
El objetivo declarado era «castigar a los que hacen mal, arreglado a sus leyes, que nos son enteramente desconocidas». Estas leyes se basaban en el azmapu, las normas consuetudinarias mapuches, aunque la Recta Provincia pretendía administrarlas rompiendo su carácter segmental tradicional mapuche, lo que podría haber generado fricciones locales.
La iniciación en la Recta Provincia era un proceso riguroso y, según las confesiones obtenidas bajo tortura, incluía rituales crueles y exigentes. Entre los requisitos para convertirse en brujo se encontraban:
- «Lavarse el bautismo»: El aspirante debía pasar cuarenta noches (o siete días según otra fuente) con la cabeza bajo un traiguén (una pequeña cascada, como la de Tocoihue) para «abandonar el cristianismo» y borrar el sacramento. También se mencionaba lavarse con «sangre de un recién nacido no bautizado» para adquirir fuerza mental y sensibilidad.
- Llamada al Diablo: Invocar al Diablo en voz alta para borrar el sacramento más rápido.
- Asesinato ritual: Como prueba final y parte del juramento, el iniciado debía asesinar a un pariente amado, generalmente un martes por la noche, para demostrar su absoluto desapego sentimental.
- Vuelta a las islas: El aspirante debía dar tres vueltas completas alrededor de las islas, desnudo y gritando un llamado al Diablo, siendo vigilado por un brujo instructor.
- Juramento: Incluía la adhesión al Demonio como jefe supremo de la Brujería y el compromiso de mantener el secreto de su condición de brujo bajo pena de muerte.
- Banquete: Tras el ingreso, se celebraba un gran banquete con «carne asada de un bebé» como plato principal.
- Adquisición de sabiduría: El aprendiz era recluido con una lagartija sujeta a su frente con un pañuelo rojo para adquirir sabiduría y poderes.
- Restricciones: Se les enseñaban reglas, como la prohibición de probar la sal (que también era una debilidad) y la prohibición de violar o robar, ya que estas acciones estaban vedadas por su Código de Moral.
Los brujos de Chiloé poseían una variedad de poderes y utilizaban objetos mágicos. El más importante era el «macuñ» (del mapudungun makuñ, «manto» o «chaleco»), confeccionado con la piel del pecho de un muerto. Se creía que este «chaleco» permitía al brujo volar, transformarse en animal, abrir puertas sin llave, hacerse invisible, y alumbrar su camino con una luz verdosa. Por el uso de esta prenda hecha de piel humana, se les conocía despectivamente como «pelapechos».
Otros objetos mágicos incluían la lámpara de aceite humano, el «Chayanco» (una fuente de agua o espejo de piedras para la visión, que actuaba como una especie de «circuito cerrado de televisión mágica»), y el cuerno del Camahueto.
Entre sus poderes atribuidos se encontraban la capacidad de suspender y transportar personas volando (hasta una cuadra), metamorfosearse en animales (perros, gatos negros, aves como el coo o deñi), «tirar males» (causar daño a distancia), el conocimiento de plantas y animales para fines mágicos, domesticar criaturas mitológicas como el Camahueto, y abordar el Caleuche sin ser esclavizado. También podían adormecer a sus víctimas conociendo su nombre para «sajarle la espalda, brazos o piernas con uñas de coo y arrancarle de raíz el pelo (laucarlo)» para usarlo en polvos que causaban enfermedades.
Sus debilidades incluían no poder probar la sal, tener poca tolerancia al humo de canelo, y podían ser descubiertos por indicios como el uso de bufandas para ocultar tatuajes distintivos o la incapacidad de dejar una casa si se sentaban en una silla con agujas en cruz o si se arrojaba sal o afrecho al fogón, lo que les causaba estornudos y la muerte por sarna.
El Juicio de 1880 y sus Consecuencias
El juicio a los «Brujos de Chiloé» en 1880 fue un evento de gran trascendencia histórica y cultural. Fue iniciado por el gobernador de Chiloé, Martiniano Rodríguez, en Ancud, impulsado por acusaciones de los propios habitantes de Chiloé sobre supuestas brujerías, homicidios y maleficios. Este proceso coincidió con un período de fortalecimiento de la institucionalidad estatal chilena en el archipiélago y con la Guerra del Pacífico, lo que lo hizo incompatible con formas institucionales que habían sido toleradas anteriormente por el Estado.
Al menos 54 personas fueron encarceladas durante la investigación, que se extendió por casi todo el año 1880. La prensa de Ancud informó ampliamente sobre el caso, lo que le dio una notable publicidad. Los detenidos fueron acusados de diversos homicidios por envenenamiento y, principalmente, de asociación ilícita. Es crucial destacar que el Estado chileno no consideraba la brujería como un delito en sus códigos, por lo que recurrió a la figura de asociación ilícita, similar a una ley antiterrorista actual, para perseguirlos.
Gran parte de las supuestas prácticas de la sociedad secreta se conocieron por confesiones obtenidas «bajo tortura». Inicialmente, solo nueve individuos fueron condenados, y únicamente por el delito de asociación ilícita, con penas de tres años de cárcel. Sin embargo, la Corte de Apelaciones de Concepción revocó la sentencia inicial y absolvió a todos los imputados. El tribunal consideró que la organización no atentaba contra el orden social, las buenas costumbres, las personas o las propiedades, y que la ley indígena en la que se basaba no contradecía la ley chilena.
A pesar de la absolución o las cortas condenas iniciales, el juicio tuvo un impacto desarticulador significativo en la Recta Provincia. Muchos de sus integrantes huyeron de la isla hacia el norte del país, dirigiéndose a lugares como Puerto Montt, Punta Arenas, Coyhaique, e incluso cruzando la frontera hacia Argentina.
El juicio estuvo rodeado de eventos misteriosos poco después de su culminación: el autodenominado «rey» de la Recta Provincia desapareció de su celda, y el propio tribunal de Ancud se incendió menos de un año después de los famosos juicios. Algunos consideran que la destrucción de los expedientes judiciales completos de Ancud en este incendio no fue una coincidencia. Además, la propia decadencia interna de la Recta Provincia, con problemas de corrupción, complot y actividades fraudulentas, también contribuyó a su desintegración, junto con la creciente fuerza administrativa y judicial del Estado chileno y la desaprobación de la Iglesia.
La Recta Provincia como «República de la Raza Indígena»
El concepto de «República de la Raza Indígena» es una denominación utilizada por algunos miembros de la organización y por estudiosos para entender su naturaleza política. Esta organización representó un intento de la población indígena de Chiloé de «preservar la autonomía de su república de indios» y su ley indígena (azmapu) en el contexto de la nueva República de Chile. El Estado chileno del siglo XIX buscaba una ciudadanía homogénea sin distinción de razas y una asimilación de la población indígena fuera de la Araucanía. En este contexto, la Recta Provincia, que funcionaba como un «gobierno paralelo», fue percibida por el Estado como un «hato de anacrónicos, locos, mágicos y exóticos».
La idea de «raza» en el Chile del siglo XIX no se entendía principalmente en términos biológicos modernos, sino más bien como «linaje y a la reputación o la calidad», con una distinción jerárquica entre «españoles» e «indios». La Recta Provincia, al basarse en principios mapuches y en la tradición de la antigua república de indios de la monarquía, fue una reacción a los cambios políticos del siglo XIX, incorporando aprendizajes tanto del orden monárquico como de la naciente república.
Un ejemplo clave de esta compleja intersección y adaptación es Cosme Damián Antil, un personaje que fue cacique, machi, dirigente de la Recta Provincia, pero también juez, elector y municipal chileno. A pesar de ser acusado de conspirar contra la república y ser remitido a una casa de orates, su biografía muestra cómo los líderes indígenas de Chiloé intentaron comprender e insertarse en la nueva política liberal mientras resguardaban su ley indígena y la autonomía de su «república de indios».
La Recta Provincia no buscaba una autonomía radical del Estado chileno, a diferencia de algunas facciones en la Araucanía histórica. Un documento incautado en 1880 muestra al presidente Domingo Coñuecar condenando a un «indigno salvaje» y recordando a sus subalternos que no debían tener disputas con los «jueces civiles y políticos» y que debían «ser obedientes a las órdenes de esos funcionarios». Además, varios procesados en 1880 habían hecho aportes monetarios para la guerra de 1864, lo que sugiere un reconocimiento de la República de Chile.
Los brujos procesados en 1880 generalmente hablaban español, oían demandas y administraban justicia en esta lengua, y no veían el uso del mapudungun como algo común, lo que no les impedía reconocerse como «indígenas» o calificar a los suyos como de «raza indígena».
Legado y Continuidad de la Recta Provincia
A pesar de la desarticulación provocada por el juicio de 1880, la creencia en los brujos de Chiloé y el influjo de la Recta Provincia permanecieron profundamente arraigados en la cultura local. Hasta el siglo XXI, la creencia en brujos y sus maleficios sigue vigente. Muchos chilotes atribuyen enfermedades y desgracias a maleficios de brujos, recurriendo a sacerdotes o machis para «limpiarse».
Se rumorea que la Recta Provincia «todavía existe… está latente clandestina y clandestina latente» y que su influencia opera sobre la mentalidad de los habitantes de la isla. Testimonios actuales dan cuenta de experiencias personales relacionadas con la brujería, como enfermedades inexplicables atribuidas a «trabajos» o figuras misteriosas. Estos relatos demuestran que, para muchos, la magia y la brujería no son solo leyendas, sino una realidad viva y continua en Chiloé.
La historia de los brujos de Chiloé y la Recta Provincia no es simplemente una leyenda pintoresca; es una «riquísima forma de organización social» que surgió de manera espontánea en el corazón de la gente del archipiélago. Fue una expresión de resistencia cultural y una forma de gobernar y proteger a su comunidad, aunque fue «destruida violentamente en parte por su propia decadencia, pero también por un estado chileno que tiende a ver en toda diferencia cultural una amenaza». La dualidad de la brujería, con su capacidad de sanar (magia blanca) y de dañar (magia negra), es un elemento central de la cultura chilota que persiste hasta el día de hoy.
Representaciones Culturales
La rica historia y mitología de los brujos de Chiloé y la Recta Provincia han inspirado diversas obras culturales. Se han creado series animadas, como «Magallanes, un cuento mágico» (2014), que presenta a un Brujo chilote en Punta Arenas y hace mención al macuñ y a maleficios con tierra de cementerio. También han sido tema central de novelas como «El Levisterio: Brujos y Corsarios en el Chiloé del siglo XVII» (2017), «Sangre de Trauco» (2020) y «La hermandad de la casa grande» (2021), así como la serie «La Recta Provincia» (2007) de Raúl Ruiz y la película «Brujería» (2023). El fotolibro «Recta Provincia» de Claudio Albarrán (2024) también explora este universo, fusionando historia, mito y fotografía para revelar el sincretismo y las tensiones entre los brujos y el Estado.
El juicio de 1880 fue un punto de inflexión que, si bien desarticuló formalmente a la Recta Provincia, no logró erradicar la profunda creencia y el legado de esta organización en Chiloé. Las implicaciones fueron la visibilización de un poder paralelo indígena que el Estado chileno buscaba suprimir, la revelación de una compleja estructura social y ritual, y el inicio de una diáspora de sus miembros. Pero, más allá de la persecución, el juicio también confirmó la resiliencia de una cultura que, hasta el día de hoy, mantiene viva la magia y la «rectitud» de sus propias leyes y tradiciones en la isla.